Esta semana, como usted sabe por las informaciones y análisis de este diario digital y de otros medios independientes, la situación de Ceuta y el peligro para España entera ha evolucionado a peor. Y lo que aumenta aún más la gravedad es que, por un lado, este desorden de cosas le viene muy bien al Gobierno para sus malvados fines y, por otro, que ninguna otra instancia del Estado se atreve a intervenir para solucionarlo, aunque haya habido propuestas muy sensatas desde la Sociedad Civil, como, por ejemplo, la de Marcos de Quinto de hace unos días.

Pero de todo mal, por grande que sea, se pueden sacar algunos bienes. Entre otros que, por fin, algunos católicos buenistas o bien pensantes se están dando cuenta que “los pobrecitos migrantes a los que hay que ayudar y rezar por ellos” no son todos ni tan “pobrecitos” ni tan “necesitados migrantes”, y que muchos de ellos tienen intenciones y actuaciones malvadas que ponen en peligro incluso a los que con tan buena voluntad les ayudan por una caridad cristiana mal entendida. Aquella falsa caridad por la que, como dice el viejo dicho, “nos viene la peste”.

Quizás todavía no se den cuenta que el fenómeno de la inmigración marroquí especialmente parece obedecer a un plan diseñado de antemano para, en el corto plazo, mantener en el poder a sus fieles aliados, Pedro Sánchez y su camarilla; a medio plazo, hacerse con las ciudades de Ceuta y Melilla y crear “guetos” islámicos en las demás poblaciones españolas; a largo plazo, conquistar otros territorios que desean; y, a la postre, sustituir nuestra identidad católica por una amalgama multirreligiosa en la que el Islam sea preponderante.

No es baladí mencionar en este sentido un dato que revela la influencia de la inmigración en los resultados de las elecciones en Suecia de esta semana, que habrá animado a Mohamed VI y a Pedro Sánchez sobremanera: la izquierda logró el 98% de los votos en los barrios formados por inmigrantes musulmanes regularizados en los últimos años. Y es conveniente recordar también lo que la gran Oriana Fallaci escribió con tintes proféticos en La rabia y el orgullo y La fuerza de la razón, respecto a “Eurabia”. Por lo que les recomiendo vivamente su lectura o relectura.

Pero, aunque no hayan profundizado en lo que acabo de mencionar, esos católicos de a pie y de buena voluntad están comenzando a preguntarse, por ejemplo, por qué se ha incluido en las letanías del santo Rosario la jaculatoria “Reina de los migrantes” y no “Reina de la Vida” o “Reina de España y la Hispanidad”; o por qué tantas oraciones por los migrantes en las Misas desde hace años y ahora no se pone ni por asomo el mismo énfasis en rezar por los abandonados y desprotegidos ceutíes (ni casi nunca en estos años por los millones de niños abortados, ni por los miles de autónomos que tienen que cerrar sus negocios; ni por tantas necesidades que tenemos los españoles castigados de múltiples maneras por nuestro propio Gobierno, ni por nuestros niños, adolescentes y jóvenes que están siendo pervertidos desde diversos frentes; ni por los cristianos perseguidos en más de treinta países y asesinados a miles en Nigeria, junto a la destrucción de cientos de iglesias; ni por varias cosas más). Algunos nos preguntamos también por qué, salvo dos Obispos por libre, Sanz y Munilla, la Conferencia Episcopal no ha emitido ningún comunicado en apoyo y consuelo de los sufrientes ceutíes.

Y es que el Progresismo al que me referí en mi anterior artículo, al ser como esa Hydra de la que nos habla la mitología griega, una monstruosa serpiente acuática de múltiples cabezas y aliento pestífero que va infectado con su veneno a todo, se ha introducido también, de diversas maneras, en muchas personas e instituciones de la Iglesia Católica, donde, gracias a Dios, quedan aún muchísimos fieles a las enseñanzas de Cristo, pues, gracias a la protección de la Virgen, a la oración y a la fuerza de la Eucaristía reciben diariamente una verdadera vacuna contra ese veneno destructor.

Pues bien, uno de esos fieles, un joven sacerdote, párroco de una iglesia de Ceuta, vestido elegantemente con su clergyman, declaró ante unas cámaras de televisión que “hay un orden de la caridad: primero el prójimo, que es el próximo, después, los otros”. Y, a continuación, que “la labor esencial y primordial de la Iglesia es atender a los fieles en orden a sus necesidades sobrenaturales”.

Palabras que Usted y yo, aunque solo fuera por mero sentido común, suscribimos sin ambages.

Sin embargo, entre esos medios católicos envenenados por el progresismo se armó un gran revuelo. De tal modo que en varios artículos se tachó al buen sacerdote de todo menos bonito. Tal furibunda reacción de esos “cristianos oenegeros” y “católicos progresistas” (sintagma este último que es en sí mismo una contradicción absoluta en los términos o, si se quiere, un oxímoron más fuerte aún que “el agua seca” o “la negra leche”) me llevó a hacer algunas reflexiones sobre la Babel en que no solo vive el mundo, sino también la propia Iglesia, como cada semana nos recuerda el Padre Santiago Martín en sus atinadas reflexiones, que yo sigo a través del diario digital Religión en Libertad.

Una de ellas es la necesidad de recordarles a todos los católicos que la existencia de un orden de la caridad, no es una mera opinión sujeta a discusión, sino una verdad sostenida por la Sagrada Escritura y el Catecismo de la Iglesia, así como por las cumbres del pensamiento filosófico-teológico, San Agustín y Santo Tomás, y por sabios escritores como Chesterton y Dostoievski.

Como sería largo y prolijo recoger aquí y ahora los puntos del Catecismo vigente (son el 2239, 2308, 2309 y 2310) o los de la Summa Theológica, ni tampoco las diatribas y paradojas de esos grandes autores sobre la filantropía y los filántropos, resumiré con mis propias palabras en qué consiste el orden de la caridad y, luego, acabaré con dos breves citas de San Pablo.

Pues bien, este orden indica que en todos nuestros pensamientos y actos primero debe estar Dios; luego, nosotros mismos, en relación con Él, pues debemos salvar nuestra alma; y, en tercer lugar, los demás seres humanos, comenzando por aquellos que, por disposición de las circunstancias de la vida (matrimonio, lazos de parentesco y de amistad, de pertenencia a una tierra y a una comunidad, etc.,) están natural y sobrenaturalmente unidos a nosotros.

De ahí que San Pablo, con su fuerza habitual, escriba que “Si alguno no se ocupa de los suyos, y sobre todo de los de su propia casa, ha renegado de su fe y es peor que un infiel”. (…) “Por tanto, mientras tenemos tiempo, hagamos bien a todos, pero especialmente a los de la familia de la fe”.