¿Te ha ocurrido alguna vez abrir la nevera apenas una hora después de haber comido? ¿O sentir un deseo irrefrenable por algo dulce tras un día especialmente estresante? Aunque muchas personas lo interpretan como hambre, no siempre responde a una necesidad física, a lo que se conoce como hambre real.
Los especialistas distinguen entre el hambre fisiológica, que aparece de forma progresiva y desaparece al comer, y el hambre emocional, una respuesta vinculada al estrés, al aburrimiento, o al malestar, por ejemplo. “Aprender a diferenciarlas no sólo puede ayudarte a mejorar tu relación con la comida, sino también a cuidar tu bienestar físico y emocional”, subraya en este sentido Elena de la Fuente Hidalgo, especialista en Nutrición Clínica y Dietética del Hospital Quirónsalud San José de Madrid.

Esta experta explica que el hambre, básicamente, es la sensación que nos transmite nuestro cuerpo de que necesitamos comer, porque nos está demandando energía, si bien realmente se trata de un proceso bastante más complejo, donde están implicados factores biológicos, psicológicos, y sociales, que interactúan entre sí para jugar un papel importante en la actividad y en la conducta humana.
“Son muchas las personas que habitualmente confunden el hambre físico (sensación de vacío en el estómago) con el hambre emocional (o apetencia por comer). Es importante saber diferenciarlos para responder de forma favorable a nuestras necesidades”, asegura esta dietista-nutricionista.
Claves para diferenciarlas
Es por ello, por lo que Elena de la Fuente Hidalgo establece cuáles son las principales diferencias entre el hambre fisiológico o físico, del hambre emocional:
Hambre fisiológico o físico:
· Se produce cuando siento sensación de vacío en el estomago.
· Dentro de que me puede apetecer comer un alimento u otro, me puede valer cualquier cosa.
· Va aumentando poco a poco.
· Se pasa al comer.
· No provoca sentimiento de culpa.
Hambre emocional:
· No está asociado a ese vacío en el estómago.
Responde a una sensación de hambre repentina.
Asociado a la ingesta de alimentos concretos.
Puede permanecer tras haber comido.
Aparece un sentimiento de culpa.
Tal y como explica esta especialista en Nutrición Clínica y Dietética del Hospital Quirónsalud San José de Madrid, uno de los problemas que conlleva este hambre emocional es que nos lleva a realizar una serie de visitas a la nevera, funcionando esta ingesta como una especie de ‘recompensa’ que trata de paliar ese malestar emocional, y con un ligero sentimiento de culpa posterior.
A la hora de gestionarlo, señala la necesidad de tomar conciencia de cómo nos estamos sintiendo a la hora de comer, cree que debemos escuchar a ese sentimiento que nos está surgiendo, al mismo tiempo que debemos encontrar otras opciones para gestionar el malestar siempre que fuera preciso, como por ejemplo las respiraciones conscientes. Normalmente suele estar vinculado a una necesidad diferente: cansancio, enfado, frustración, tristeza …, que solemos “tapar” consumiendo algún alimento que nos provoca un alivio inmediato, pero también muy efímero. En ocasiones esto lo podemos abordar con herramientas en la consulta de nutrición, pero si el problema es más complejo, es conveniente trabajarlo en terapia.
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